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Socorro: ¡DEPRESIÓN!

“Estoy deprimido/a” es una de las expresiones de “autodiagnóstico” que más escuchamos los profesionales de la salud mental. Normalmente esa etiqueta encierra una diversidad enorme de situaciones interiores que pueden sintetizarse en ese lamento del “¡estoy deprimido/a!”

Empecemos aclarando algunas cosas. ¿Estar deprimido es lo mismo que ser depresivo? Puede parecer una pequeña diferencia de verbos, “ser o estar” (de hecho, en inglés se expresarían con el mismo verbo to be) Sin embargo, hay un abismo de distancia entre ser y estar deprimido.

Todos, absolutamente todos, pasamos por situaciones que nos deprimen. Desde la pequeñez de un resultado deportivo (aunque para muchos no es algo tan pequeño), hasta la enormidad de un duelo por una persona amada. Todo ese enorme abanico de situaciones puede generarnos sentimientos depresivos; éstos se caracterizan por tener vivencias de tristeza, de estar desganados, de ver todo un poco oscuro (o, directamente negro) y que se pueden combinar con angustias, enojos o melancolías. ¡Un coctel de emociones y sensaciones bastante desagradable! Pero todos conocemos esa sensación que nos oprime el pecho y que suele desaparecer tarde o temprano (según la situación que nos generó el sentimiento depresivo)

Algo muy distinto es ser depresivo. Esto ya es una organización de nuestra personalidad. La misma, en muchísimos casos, no siempre es el derivado de un hecho puntual que la haya desatado (como esas situaciones que decíamos antes que nos hacen sentir deprimidos) o ser la consecuencia de determinadas experiencias infantiles. Las neurociencias hoy pueden dar cuenta de que hay ciertos “cortocircuitos” neurológicos congénitos que favorecen enormemente la predisposición a la depresión como estado permanente. Esto es importante saberlo, ¡no tenemos la culpa de ser depresivos, vinimos así de fábrica! Por suerte, hoy hay una nueva generación de psicofármacos que, en conjunto con una buena psicoterapia, contienen ese estado depresivo y nos ayudan a vivir una vida plena.

¿Cuándo somos depresivos, se nota mucho? No necesariamente. Hay depresiones que son muy silenciosas, no hacen ruido y no siempre se manifiestan con el clásico cuadro

 

de “sentir que la vida no tiene sentido, tener ideas de muerte, no poder salir de la cama, vivir cansado y sin embargo no lograr dormir, etc.”. Hay cuadros depresivos que a veces no van acompañados con un sentirse deprimido.

Y, entonces, ¿cómo los podemos descubrir? Esos casos pueden ir manifestándose, por ejemplo, con un conjunto de muy malas decisiones (digamos, peores que lo que la media de los mortales solemos tener) que generan muchísimo perjuicio a la persona. En otras ocasiones aparece una conducta extremadamente temeraria y con ausencia de temor (manejar en estado de ebriedad, práctica descuidada de deportes extremos, consumo exagerado y compulsivo de sustancias tóxicas, etc.) En otros, aparece una predisposición “sospechosa” a tener accidentes más o menos graves. En fin, hay muchas posibilidades de que una depresión asome su fea cara y ¡sin que nos sintamos deprimidos!

Entonces, ¿podemos sentirnos depresivos sin ser depresivos? Y, ¿podemos ser depresivos sin sentirnos depresivos? Sí las dos veces. Y también, lógicamente, puedo ser depresivo y sentirme depresivo.

En todo caso, la recomendación es bien simple: en caso de duda, consulte a su psicólogo más confiable. Allí podremos ver si estamos ante un bajón pasajero que no necesariamente requiere de un acompañamiento psicoterapéutico (aunque una terapia siempre ayuda y hace más llevaderos esos procesos). O, también nos podemos enterar que nos tocó en el reparto genético esa situación de ser depresivos. Si ese es el caso, ¡no se deprima más por saberlo! En realidad, es una buena noticia tener ese diagnóstico porque significa que ahora podrá ser tratado, minimizado y dejado en un lugar que no nos estorbe más para poder vivir nuestra vida.

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