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Tiempo de despedidas

Dicen que nunca es fácil decir adiós. Y es muy cierto. Despedirse es dejar partir algo; eso no sería en sí un problema; la dificultad radica en que eso que tenemos que dejar partir es algo amado, significativo, necesitado.

Cuando debemos despedirnos de algo importante, entonces es cuando hacemos un duelo.

Una de las etimologías de la palabra “duelo” viene del latín, dolus (dolor), la cual viene del verbo dolere (doler, sufrir, penar) Pero, a ninguno de nosotros nos hace falta saber latín para tener una experiencia directa (y sentida en la propia carne) de qué se siente cuando estamos en duelo.

Todos hemos vivido, y sobrevivido, a una enorme cantidad de duelos. De algunos tenemos memoria y consciencia, de otros no. Nacer, en más de un sentido, es un duelo. Es perder un estado de vida ideal, seguro y gratificante y ser lanzados a lo desconocido.

Y, de alguna manera, el nacimiento es una hermosa figura de lo que un duelo puede significar. Siempre habrá una pérdida, y esa pérdida dolerá. Y está bien que nos duela porque lo que dejamos atrás fue una persona importante (en una separación o en el fallecimiento de alguien amado, por ejemplo) Pero también hacemos duelos cuando debemos partir hacia nuevas etapas de la vida, abandonando algunas que ya nos quedan chicas.

Hacemos duelo si perdemos un trabajo, un amigo, un sueño, una situación de salud, un objeto muy apreciado, una mascota. Definitivamente, el duelo tiene que ver con una pérdida que nos duele.

Hasta aquí nada nuevo. El tema se nos complica cuando nos quedamos aferrados a eso que ya no está. Nos rebelamos ante la realidad, no nos rendimos y seguimos abrazando el recuerdo de aquello que perdimos (sólo podemos abrazar recuerdos, porque la cosa que perdimos ya no está con nosotros) Ahí es cuando un duelo, más que doler, nos hace sufrir. La melancolía nos empieza a asechar, las cosas pierden su gusto y los proyectos ya no motivan. Sólo podemos suspirar por lo ido, o rabiar, o putear, o preguntarnos (pregunta tan humana y natural como infecunda): “¿por qué?” Como si encontrar una razón fuera analgesia del sufrimiento.

En esa mezcla de rabia, tristeza y terquedad, no nos damos cuenta de que algo de lo que nosotros somos se está yendo con aquello que debemos despedir. Retazos de nuestro corazón, y mucho de nuestra alegría, comienzan a partir con aquello perdido. Ahí debemos detenernos.

Hay una enorme sabiduría en animarnos a transitar la experiencia del duelo, del dolor. Transitarla sin apuro, pero sin prolongar artificialmente el proceso. Llorando todo lo que haga falta, porque en definitiva nuestras lágrimas son una forma de honrar y reconocer el valor de lo perdido.

La tristeza tiene mala prensa, pero es el recurso necesario para avanzar hacia adelante. Si nos amigamos con esa tristeza que vivimos, si no tratamos de disimularla por poner a salvo alguna imagen nuestra, el tránsito podrá volverse más fecundo. Abrazar la tristeza no es invitarla a quedarse a vivir con nosotros. Es, simplemente, aceptar que es la emoción que nos toca transitar y la que, de alguna manera, nos conducirá a otro momento de la vida.

Debemos despedirnos de lo ido, aguantar la atemorizante perplejidad de encontrarnos con un importante espacio vacío en el corazón.

Le tenemos mucho miedo a los espacios vacíos. Es que muchas veces no recordamos que ese hueco puede ser llenado de vida. Nos parece una locura, una insensatez, que una herida tan importante (y que tanto nos duele) pueda ser tierra donde florezca un fruto vital y desafiante.

Pero así pasa si le damos la oportunidad. Si logramos despedir con un doloso beso a lo que debe partir, entonces estaremos en condiciones de abrazar la nueva vida que viene.

Por eso, el nacer es un duelo. Y, de alguna manera, muchos duelos pueden ser un nacimiento. Porque es despedida de algo que fue bueno, seguro, confortable; pero debemos despedirnos del útero materno si queremos correr el maravilloso riesgo de abrirnos a la novedad de la existencia.

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