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Los ex… ¡qué dolor de estómago!

“Los” o “las” ex… qué difícil es lidiar con ellos. Siempre traen dolor de cabeza, de estómago o alguna contractura. La vida cambia cuando aparecen “los/as ex”, sobre todo cuando los hijos, los bienes o la mantención se pone en juego. Sin caer, o cayendo, en generalizaciones, tener “un ex” o “una ex” tal vez pegue distinto, pero lo que tienen en común es que ambos (hombre o mujer) quedan sometidos a situaciones de mucho sufrimiento. Hoy me voy a detener en “los ex”. Y quiero aclarar que no soy ni feminista, ni machista…sólo describo lo que muchas veces observo y vivo en el consultorio con mis pacientes mujeres que tienen “un ex”. Tal vez algún otro profesional o yo misma, en otro momento, escriba sobre los varones con “sus ex”.

Qué difícil es digerir a los ex. Cuánta impotencia, enojo, energía y salud insumen en la vida de muchas mujeres. Ya sea porque se han borrado, estén presentes, o sean blanco de venganza. Son muchas las noches invertidas en rumeo, insomnio, enojos, recuerdos, reproches y autoreproches, imaginando venganzas que tal vez algunas se concreten y otras no. La desilusión es grande, las expectativas eran muchas, la falta de sensatez llega a grados de violencia que arrasan no sólo con el pasado, sino también con el presente y el futuro de estas mujeres. Es tan fuerte lo que generan estas situaciones, que muchas suman una gran cantidad de voluntarios para defenderlas en la causa. Esto es bueno porque no se sienten solas en esta guerra de fuegos cruzados. La amenaza es tan real, porque atentan muchas veces con la seguridad emocional y económica, y es muy difícil bajar el estado de alerta, el ataque y la defensa.

Muchas son las causas que ponen a nuestras mujeres en esta situación: hombres que se declaran insolventes para evitar mantener a sus hijos, hombres que fueron mantenidos por ellas y que inician demandas para poder seguir siendo mantenidos, hombres que olvidan rápidamente que tienen obligaciones y no sólo derechos para con sus hijos, y seguramente otras tantas causas que invitan a la guerra que parece no tener fin. Dura años y, en el medio, cartas documentos que parecen misiles que sólo buscan la destrucción del otro; abogados, mediadores, juicios que se acaban y a los pocos años uno nuevo comienza.

Es muy duro ser testigo de tanta impotencia y, sobretodo, del dolor que esto provoca. Ves cómo quedan tomadas y arrinconadas por esta situación, esperando verlos caer ante ellas. La humillación y el odio es una dupla que muchas veces suelen ir juntas. El odio trae de la mano a la humillación, impulsivamente hurguetear en lugares que no deberían meterse y porque lamentablemente llevan a sumar más dolor.

El encierro y el aislamiento es otra dupla, porque el corazón queda apretado y cerrado, y todos los espacios interiores también quedan apretados y cerrados: nada puede entrar y nada puede salir.

Muchas veces por intentar ganar la guerra que ya está perdida, pierden batallas más importantes como reconquistar sus propias vidas. Es necesario recuperar la libertad, que significa dejar partir. Dejar partir los errores, los recuerdos, las venganzas, el “se hará justicia”, las lógicas que sólo uno entiende y que el otro jamás entenderá, el rencor y el resentimiento. Hay un camino de libertad y nuevas posibilidades.

Es necesario detener todo impulso, todo deseo de venganza. Detenerse para ver con claridad, para observarse, descubrir donde estuvo y está el error, esos errores que tal vez, de alguna manera hoy, siguen sujetando ese pasado, un pasado que ya no se puede cambiar. Pero hay presente y futuro, que sólo estarán disponibles cuando puedan mirar hacia adelante y alejarse de todo pensamientos, creencias y conductas que cristalizan la vida en el pasado doloroso.

 

 

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