EL RÍO


Todo río nace con una promesa de futuro.

Promesa de hacerse grande como el mismo océano.

Y para eso viene con mucha energía y fuerza.

Nace de lo alto y poco a poco, como las cosas que están hechas para volverse grandes y durables. Se van juntando pequeños hilitos de agua. Se encuentran y se convierten en afluentes. Y así va ganando envión y, ayudada por la gravedad, toda esa agua dispersa se va transformando en río.

Pero, para hacer a un río, hace falta algo más que el agua. Algo que, por lo obvio, muchas veces no vemos.

Es el cauce.

No podemos pensar un río sin un cauce.

De la misma manera que no podemos pensar en una montaña sin el lecho rocoso que la sostiene o en un árbol sin la tierra que lo alimenta.

Y, sin embargo, cuando observamos un río nos olvidamos de su cauce.

Pensamos si el agua es fría o tibia, si es caudaloso o manso, si es muy profundo o no, si podemos beber de sus aguas o es mejor no hacerlo.

Pero no pensamos en su cauce.

Sin embargo, es ese cauce lo que hace que el río tenga chances de alcanzar esa promesa de futuro que va implícita en su misma naturaleza.

Porque un río sin cauce es una inundación. Ya no es algo dinámico y que da vida a todo su entorno, sino que es algo desbocado en su empuje que va ahogando todo aquello a lo que debería alimentar. En efecto, bajo la inundación mueren árboles, plantas y animales que deberían abrevar del río que no fue, que se pervirtió en su naturaleza.

Otras veces, el cauce no encausa, no dirige, no orienta. Entonces se vuelve dique contra el cual el río choca una y otra vez buscando abrir su camino hacia su destino. El río empuja al dique hasta que se rinde. Entonces se estanca, pierde su vitalidad, y se muere. Los peces no pueden vivir en agua estancada y las plantas que lo rodean se pudren. El río que se detiene no alcanza jamás su destino.

Pero, cuando el cauce del río cumple su función, impide que el río se desbande. Es ahí cuando guía y enfoca su energía vital en la dirección correcta.

Y, entonces, el río alcanza su vocación que es volverse océano. Se hace uno con tantos otros ríos y, juntos, forman algo que los trasciende a todos.

Nuestros hijos también son como ríos.

Se van gestando de a poco, a partir de sueños y de anhelos nuestros.

Les aportamos nuestras pequeñas semillas y así la vida comienza a rodar. Y ya, desde el oculto y humilde comienzo de la vida, tiene una vocación de grandeza, una promesa de futuro.

Pero toda esa potencia que un día explota y nace a la vida en medio de dolores de parto, deberá ser encauzada.

Y eso somos los padres.

El cauce del río que son nuestros hijos.

Somos el límite justo que permite enfocar la energía en la dirección correcta.

Somos las fronteras que impiden que lo que está destinado a dar vida se malogre.

Somos la flexibilidad que permite que el río busque sus propios caminos sin estancarse.

Somos los que, en definitiva, con nuestro constante, agotador, continuo, coherente trabajo de poner límites, ayudaremos a que nuestros hijos alcancen su promesa de futuro, se hagan océano y alcancen todo aquello que están destinados a ser.

No hay amor más grande que el del cauce por el río.

Ese amor que encamina cuando hace falta, pero que deja ir cuando es la hora de volverse océano.


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